domingo, 19 de junio de 2011

Lo importante, como para todo, es no tener prisa

 La acción verdadera surge de la paciencia, y la paciencia consiste en esperar. Quien no sabe esperar, no se muestra paciente y pierde la oportunidad de pasar a la verdadera acción.
 Cada dos o tres minutos me inclino hacia delante y coloco otro madero en el fuego. El fuego es casi silencioso, solo crepita de vez en cuando, y algunas chispas blancas se disparan hacia lo alto. Si todo fuera tan sencillo como alimentar el fuego, todos estaríamos sentados delante de una chimenea, inmersos en un estado de dicha. 
Imagino que estoy sentada en un tren recorriendo un trayecto que se compone de días y semanas que pasan volando. El tren no se detiene. Los meses pasan en un silbido, los años pasan tronando. Siento el eco en mi cabeza. Me tira de la cara, y la velocidad dificulta cualquier movimiento, porque el tiempo quiere que le presten atención siempre.
Y mientras contemplaba llena de nostalgia el nuevo día, tuve de pronto una sensación extraña. Era una de esas sospechas que pueden ser provocadas por cualquier cosa: por el silencio entre dos canciones, por el carraspeo de un camarero, por el ruido de las patas de una silla o el silencio que surge cuando alguien se enciende un cigarrillo y exhala el humo.
He leído en alguna parte que todos los seres humanos están conectados. Ya sea mental, física o genéticamente. Las aversiones y las simpatías sin justificación aparente se remiten a ello. Todos tenemos desde nuestro nacimiento un pasado que nos acompaña durante toda nuestra vida. No importa adónde. Y del mismo modo en que todos estamos conectados, también los acontecimientos tienen una conexión entre sí. Nada ocurre sin un sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario