domingo, 19 de junio de 2011

Starry Night

Todo parece recuperar el mismo paso de siempre. Tum. El mismo ritmo. Tum. Tum. Las mismas charlas. Tum. Tum. Tum. Y, de repente, todo aminora el paso. Y parece tremendamente inútil. Miras alrededor. Ves a todos. Gente que habla. Gente que ríe. Camareros que se mueven. Tanto ruido, pero sin ningún ruido verdadero. Silencio. Es como si flotases, como si faltara algo. Y te das cuenta. Ya no está. No está aquel motor. El verdadero. El que hace que todo avance hacia delante. El que te hace ver las gilipolleces de la gente, la estupidez, la maldad, y tantas otras cosas y muchas más pero en su justa medida. Ese motor que te da fuerza. Rabia. Determinación. Ese motor que te da un motivo para volver a casa, para alcanzar la meta final. Ese motor que, después, decide hacerte descansar justo entre sus brazos. Fácil. Mágico. Perfecto. 
Ese motor amor. 
El ser humano se adapta a todo. Supera el dolor, cierra historias, empieza de nuevo, olvida, hasta consigue sofocar las más grandes pasiones. Pero a veces basta con nada para comprender que esa puerta nunca se cerró con llave. 

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