domingo, 27 de mayo de 2012

Que mis miedos se fundan en tus besos

No puedo quedarme sentada esperando una respuesta. Bueno, rectifico, por poder, puedo. El problema es que no quiero. 
Siempre me he dicho a mí misma que nunca iba a dejarme llevar tanto como para luego no saber dónde estaba. Que eso de hacer el muerto, dejar la mente en blanco, cerrar los ojos y que la marea sea quien decida hacia qué sitio debes ir lo haría solo en la playa, en verano, con amigos cerca por si no me daba cuenta de que me alejaba demasiado.
Pero entonces llegaste tú. Tú y tu sonrisa. Tú y tu capacidad para hacerme sentir bien cuando estamos juntos e insegura cuando te marchas. Tú y tu forma de abrazarme y hacer que piense que de verdad quieres esto, que me quieres a mí. Tú y cuando te muerdes los labios y después muerdes los míos...
Y ahora me doy cuenta de que había dejado que tú fueras las olas, que me mecieras en el océano de tu mirada, que intentaba mantenerme a flote pero cada vez era más difícil. Trataba, y en realidad aún lo hago, de seguir nadando para alcanzar la costa. Pero lo que empieza con ilusión acaba con decepción, y se me están cansando los brazos.

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